La culpa no es de Bad Bunny

Actualizado: jul 23


Un par de semanas de diatriba. ¿El tópico? Bad Bunny. Que si no merece el premio a compositor del año de la ASCAP. Que si el premio se otorga a quien ha tenido más reproducciones en un año, independientemente de la calidad del contenido. Que si, precisamente, la definición de “calidad" indica que tal cosa es subjetiva y nadie puede definir qué es bueno y qué no lo es tanto… Vine a poner mis dos centavos, ignorando la obvia realidad: nadie me ha preguntado.


Mi tío dice que ciertamente se puede calificar la calidad de cualquier arte. Que existen cánones —afirma mientras propina un puñetazo a la mesa— que así lo indican. Alejandro Dolina, uno de mis intelectuales predilectos, dice que la belleza del arte está en su complejidad; que este, mientras más complejo, mejor. Sin embargo, difiero de ambas opiniones. Sigo creyendo que el arte, especialmente la música, no puede definirse como malo o bueno: existe la que nos gusta y la que no. Lo que suele suceder es que tratamos de imponer como buena la que nos toca la fibra. A mí no me gustan los corridos mexicanos, aún así no puedo negar que he visto a hombres que podrían reducir a cenizas a los más guapos, llorar abrazados a una botella con el brazo derecho y de la pata de una mesa con el izquierdo, escuchando un corrido y maldiciendo que su amada haya preferido al vecino. ¿Tiene eso menos mérito, acaso, que los lagrimones que me salen a mí cuando escucho Old Love de Eric Clpaton?


Mi madre —galerista y especialista en arte— se detuvo frente a la Mona Lisa en el museo del Louvre en París… “¿Y ésta se supone que es la pintura más famosa del mundo? ¿La obra más emblemática de Da Vinci? ¡Pero si ni siquiera está terminada!", se dijo. Enrique Pinti, comediante argentino, decía que la Gioconda más que una mujer con una sonrisa misteriosa, era el retrato de un gordito maricón. Es por eso que no voy a dedicar estas líneas a la calidad del reguetón. Cada quien que lo defina a su manera.


He venido, eso sí, como uno que está interesado en el tema y como quien hace el mismo trabajo que Bad Bunny: escribir canciones. Cada año que Bad Bunny gana el premio a compositor del año, es otro año donde no me lo han dado a mí. Así que alguno podría aventurarse a creer que antes de sentarme a escribir este artículo, me pinté las mejillas con betún y traigo un cuchillo entre los dientes. Se habrá equivocado.


Verá usted: Bad Bunny no gana el premio debido a la calidad de su contenido, complejo o no. No hubo jueces que curaran la entrega de dicho premio, como sí ocurrió en la pasada de los Grammys latinos, donde los reguetoneros quedaron, casi en su mayoría, por fuera de las consideraciones ­―yo también, dicho sea de paso―. Benito gana el premio, porque tuvo doce canciones destacadas en las radios desde enero a diciembre de 2019. Voy a repetir despacio: "do-ce can-cio-nes". Ni los Beatles, vaya anotando.


La pregunta pertinente sería entonces: por qué canciones como las de Bad Bunny son las más pedidas por el público. Por qué suenan todo el día y sin parar en las radios y en los clubes. Por qué, si las letras degradan a la mujer, ellas las cantan como si su vida dependiese de ello. Y aquí, sí es donde entra mi juicio de valor.


Bad Bunny (y casi todo el reguetón) es consecuencia del retraso educacional latinoamericano de los últimos veinte años. Me explico: el mismo Dolina dice (o se olvido de decir) que: "toda manifestación artística necesita de dos para estar completa", a saber: el creador de la obra y el consumidor de la misma y que, en ese código binario, se requiere rigurosamente que tanto el artista como su interlocutor posean un nivel de complejidad mental parecido, puesto que si la obra es muy compleja, aquel con menor capacidad intelectual no sabría entenderla y si fuese la obra la que es más simple y el observador más complejo, este se aburriría rápidamente. Como es sabido, la complejidad del pensamiento se moldea con la educación. Ahora bien, ya sea por incapacidad o por diseño, los gobiernos de nuestros países no han sabido educar a sus gentes. Y me refiero tanto a: “la capital de Alemania es Berlín”, como a tener pensamiento crítico; aprender a pensar.


Pensar no está de moda. Basta con ingresar a la red social más popular de Latinoamérica para ver que quienes tienen más seguidores no son los que ofrecen una idea, un concepto o una solución. No voy a ser yo quién juzgue esto. Claro que veo con desdén que hoy sea más importante aprender a manipular un algoritmo que crear una obra bien acabada. Pero esa es la mano que nos fue servida. Mi queja yace en otro lugar.


Pregunté a través de una de mis redes sociales, si creían que la gente en su mayoría había perdido el hábito de leer y los que seguían leyendo, qué leían. Me contestaron graneado, unos pocos, la mayoría de generación equis para atrás. Leer es al cerebro lo que levantar mancuernas es para los bíceps. Pero leer tampoco está de moda. No salen las jovencitas en Tik Tok leyendo citas de libros. Ningún escritor moderno es “influencer”. Es verdad que doy un brochazo oceánico y meto a un montón de gente en esa bolsa negra, pero si estoy equivocado, alguien muéstreme el primer usuario de Instagram que tenga quinientos mil… qué digo quinientos… CINCUENTA MIL seguidores, gracias a su capacidad intelectual. Pregunto más: ¿quiénes son los nuevos intelectuales?

En los años setenta (si no estoy mal) Julio Cortazar dio una charla en el

Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela, donde fue recibido como una estrella de rock por multitudes. ¿Por qué no ocurren fenómenos como este en nuestros tiempos? Y si ocurren, ¡díganme dónde! Y se equivoca si piensa que he venido con infulas de pseudo-intelectual a cuestionar mirando por encima del hombro lo que hacen las nuevas generaciones (que es exactamente lo que han hecho todas las generaciones anteriores con las que les siguen). Es genuino mi ruego... ¡DÍGAME DÓNDE!


En las conversaciones de esquina con mis amigos —a quienes llamaré “Los Hombres Sensibles” y que me perdone Dolina por el plagio― hemos dicho, entre otras cosas, que lo malo no es el reguetón, pues cada expresión artística debe tener su lugar. Lo malo es que se haya convertido en lo único posible, tanto en las frecuencias radiales, como en otros medios. Súbase a un Uber y cuente cuántas veces es el reguetón el soundtrack de su viaje. Aun cuando sé que vivimos en la era del streaming y que es una necedad quejarse cuando existen tantas avenidas para consumir a la carta lo que nos plazca, a veces el reguetón puede meterse como el frío por debajo de la puerta.

He escuchado a algunas personas quejarse del género: que siempre es el mismo ritmo, que las letras son misóginas, que la música es repetitiva… luego noto con curiosidad que, cuando estos mismos individuos escuchan música, bien sea en sus carros o en las tertulias hogareñas, tienen reguetón sonando a todo dar en los parlantes.


Hace unos días uno de mis amigos más cercanos me contó que venía escuchando Onda Positiva ―la emisora que he fundado junto con un grupo extraordinario de personas casi como un acto de rebeldía por lo aquí descrito― pero que sus hijas le dijeron que la música estaba aburrida, que pusiera reguetón. “Se lo ponen hasta en el colegio”, me dijo.

Ante la omnipresencia de este género en nuestras vidas, otro amigo apuntó correctamente: “... es como si en el mercado anglo el Hip Hop se pusiera de moda y Eric Clapton, Beyonce, Ed Sheeran, Adele y Lady Gaga comenzaran a hacer Hip Hop porque es lo que vende”. La industria discográfica latina, con salvadas y honorabilísimas excepciones, siempre ha estado plagada de seguidores, no de líderes.


Entonces sí, leyó bien. La culpa no es del reguetón ni de Bad Bunny, quien no es más que una consecuencia de su entorno. Bad Bunny no pretende ser Bad Bunny como estrategia comercial y así vender. El hombre es genuinamente quien es y calza como anillo al dedo en el contexto, pues lidera artísticamente la cultura latinoamericana actual. Mastique bien eso que acabo de escribir: "Bad Bunny lidera artísticamente la cultura latinoamericana actual". Si no nos gusta, sugiero un cambio, pero no en los premios de la ASCAP, sino en el hogar y en las escuelas.

Jeremias Lawson




Jeremias Lawson es cantautor, escritor, podcaster, Dj y director general de Onda Positiva. Es en esta emisora online donde hace un programa dedicado a la música de autor los lunes a las 8 p.m. llamado El Rincón del Cantautor, y los martes a las 5 p.m., junto con Gabriela Longa, conduce el podcast: Según Nosotros.


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